viernes, 22 de diciembre de 2017

ATIENZA: NAVIDADES REALES



ATIENZA: NAVIDADES REALES
El Rey Felipe II pasó en Atienza la Navidad de 1592


   Cuentan las crónicas que el 30 de mayo de 1592, tras haberse celebrado cortes en Madrid, el Rey Felipe II partió camino de Navarra y Aragón, reinos en los que igualmente se había convocado a la nobleza y representantes del pueblo.

   Su viaje a través de la vieja y nueva Castilla fue recogido por sus cronistas, especialmente por Enrique Cock, quien tituló su trabajo como “La Jornada de Tarazona hecha por Felipe II en 1592, pasando por Segovia, Valladolid, Palencia, Burgos, Logroño, Pamplona y Tudela”.

   Enrique Cock, quien da comienzo a su obra con la salida del Rey de Madrid nos va contando, como si fuese un moderno escritor de libros de viaje, el trayecto de Su Majestad, junto a algunas de las particularidades, e historia, de los pueblos por los que va discurriendo la comitiva.



   El viaje comenzó en Madrid, camino de San Lorenzo de El Escorial, el martes 12 de mayo. Acompañaban al Rey, además de los más notables hombres de su corte, su hija la infanta Isabel Clara Eugenia, quien más tarde sería reina de Bélgica, junto al archiduque Alberto de Austria. La infanta contaba entonces con 26 años de edad, y junto a la infanta no faltaba, por supuesto, el príncipe heredero, Don Felipe, quien a la muerte de su padre subiría al trono con el nombre de Felipe III, y quien contaba por aquellos días con 15 años de edad. Por supuesto que a cada miembro de la corte lo acompañaban sus propios servidores, asistentes, criados o ayos. El marqués de Velada, lo era del príncipe, y a su vez a este acompañaban sus propios servidores.

   El viaje se hizo en pequeñas jornadas, porque el Rey deseaba detenerse en muchos lugares, y porque Felipe II, bastante enfermo ya de gota, necesitaba reposar más de la cuenta; haciendo noche en los más apropiados, pues no todas las poblaciones del recorrido estaban preparadas para recibir a una comitiva que podía rondar las doscientas o trescientas personas, si no más, con los caballos o mulos correspondientes; a los que no sólo había que alojar, también proveer de alimentos. Lo que podía acarrear que algunas de aquellas poblaciones por las que la comitiva real pasaba quedasen poco menos que arruinadas tras la visita regia, a pesar de que después, para ayudar en parte a la recuperación, se las perdonase algún tipo de pechos o contribuciones.

   El paso por las distintas poblaciones debió de impresionar a las sencillas gentes de los pequeños pueblos, al mismo tiempo que respiraban aliviadas cuando la comitiva se alejaba sin causarles mayores gastos que el de añadir a la tropa unas fanegas de pienso o paja para las caballerías.

   La entrada en Segovia del Rey, cuenta el cronista, fue sin demasiados protocolos, a pesar de que el acompañamiento tuvo su lucimiento:





 LA HISTORIA RECIENTE DE ATIENZA, PASO A PASO
ATIENZA, HISTORIA DEL SIGLO XX. LOS CUATRO PRIMEROS NÚMEROS, YA A LA VENTA
(Accede a ellos pulsando sobre los títulos)


 
   … vino a hacer su entrada en la ciudad de Segovia sin recibimiento público, domingo en la noche, a siete de junio, y fueron hechas muchas luminarias por todas las calles…

   Resultaría demasiado extenso seguir punto por punto el recorrido real hasta Navarra o Tarazona, tanto por el detalle, como por el paso del tiempo, ya que  llegaron a Estella  en los  primeros días de noviembre, y entraron en la capital del reino navarro el día 20, en medio de una intensa nevada. El último día del mes se encontraba en Tarragona, y el 5 de diciembre, tras su paso por Aragón, concluidas las cortes, dio comienzo el viaje de retorno a Castilla:

   Sábado a cinco de diciembre, hubo orden de juntarse toda la compañía en la ciudad (de Torrellas, provincia de Zaragoza), donde vino bien de mañana, para salir con Su Majestad hacía Castilla, empero no salió hasta mediodía que acabó de comer, y viniendo donde están los límites de los reinos, se despidió de los de Aragón, que desde allí se volvieron, como así mismo hizo la guarda, que para este efecto se había juntado allí, y caminando cuatro leguas de una vez fue a hacer Su Majestad noche en su villa de Ágreda, primera en Castilla…

   Con que se nos da a entender que el retorno no fue con tanto lucimiento como la partida, puesto que el objetivo, mostrar la magnificencia regia, estaba conseguido. Aun así, y con ser Ágreda una de las principales villas de Soria, y extensa en alojamientos, la comitiva real hubo de distribuirse para pernoctar, además de en la propia villa de Ágreda, en las dos vecinas poblaciones de Añavieja y Débanos. El nueve de diciembre se encontraban camino de Almazán, donde se dio licencia a parte del acompañamiento para que desde Soria fuesen derechamente hacía Madrid, mientras que el Rey y su cercana comitiva continuaban sin apreturas por camino distinto.

Atienza. Fuente de Felipe II


   El jueves a diez de diciembre salió de Almazán en dirección a Berlanga. El viernes día once pasaron por Villasayas y Barahona, campos estériles de pan, vino y leña, y de noche paró en un lugar que se dice Paredes, de pocos vecinos, acabando como a cuatro leguas El día siguiente, a doce de diciembre, desde Paredes llegó hasta la villa de Atienza y su Real Convento de San Francisco. El Rey era ya un anciano achacoso, afectado por la gota.

   Sonó luego el mismo día que Su Alteza el Príncipe nuestro Señor quedaba indispuesto, por lo cual Su Majestad se detuvo en Atienza…

   Poco más sabemos de lo sucedido en aquellos quince o veinte días en los que Don Felipe II, el hombre más poderoso de su tiempo, se alojó en Atienza. Apenas salió de San Francisco salvo para acudir en procesión, con la reliquia de las Santas Espinas, a uno de los barrios, a implorar del Altísimo que apagase el fuego que lo devoraba. Si se obró el milagro es cosa que la distancia del tiempo ha dejado en el olvido.

   Ni que decir tiene que la leyenda en torno a que el Rey quiso llevarse la reliquia atencina consigo, carece de sentido. ¡Once Espinas!, de la Corona de Cristo, tenía ya en su Monasterio de San Lorenzo y… ¿Alguien sería capaz de oponerse a la voluntad del hombre más poderoso de su tiempo? Claro que también cabría hacerse otra pregunta no menos interesante conociendo las aficiones reales: ¿Acudió a Atienza a implorar el milagro de la curación del Príncipe heredero? Todo cabría.

   La reliquia, que se encontraba en la cripta, situada bajo el ábside, gozó a partir de entonces de una reja, ordenada por el Rey, y desde aquella fecha las armas de Felipe II se incorporaron al convento, que tuvo aquel privilegio real, del mismo modo que se incorporaron al Concejo. En la actualidad en la sala del Concejo se exhibe un lienzo con las armas de Rey; y en el Museo de la Santísima Trinidad, en la subida al coro, se muestra un cuadro que representa las armas del Rey Felipe, cuya procedente no es otra que el Real Convento de San Francisco.

Atienza. Escudo de Felipe II, procedente del Convento de San Francisco, actualmente en la iglesia museo de La Trinidad


   Entonces Atienza distaba mucho de lo que hoy es. El convento de San Francisco estaba habitado por unos veinte frailes y acababa de ser en parte remodelado, gracias a la magnificencia de Catalina de Medrano. En este tiempo sus patronos continuaban siendo los Bravo de Laguna, en la persona de don Garci, sobrino de Catalina y quien, unos pocos añas atrás, en 1568, daba por conclusas las obras de su nueva casa, entonces en la llamada “Plazuela de la Reina”, actualmente Plaza Mayor.

   No dudamos de que el Rey buscó aquí el reposo para su cuerpo y la salud para el heredero. Entre la comitiva real iban sus médicos, y en Atienza, y su convento, es fama de que había igualmente buenos doctores.

   El relato del capitán de la Guardia continúa:

   … algunos días se detuvo en Atienza, hasta que pasada la Pascua de Navidad, convalecido el Príncipe, vino por ciertas jornadas a Madrid, pasando por Eras, situada en la ribera del Henares junto al monasterio y abadía de Sopetrán…





   TRES LIBROS PARA CONOCER ATIENZA A FONDO.



   Fueron las últimas Navidades que Felipe II pasó fuera de la Corte. Y aunque no conocemos cuál fue el menú de aquella Nochebuena, sí que nos ha llegado lo que cenaron los frailes la última que habitaron en aquel convento, la de 1834: un lomo a la pimienta, para siete comensales, que les costó 12 reales de vellón. Entonces no había turrón, sino guirlache, del que todo Atienza se servía.

   Y aunque de Atienza nada se llevó don Felipe II, sí que dejó alguna que otra obra en la villa, como la fuente que lleva su  nombre, o en aquel convento que, cuatro siglos después, no conserva, siquiera, la memoria de su paso.
  
Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 22/diciembre/2017